La conmovedora historia de los enanos del campo de exterminio de Auschwitz

20/Nov/2017

Semana, Colombia

La conmovedora historia de los enanos del campo de exterminio de Auschwitz

Un libro recrea la dramática historia de los
hermanos judíos Ovitz, que por su tamaño despertaron la curiosidad y la sevicia
del doctor Josef Mengele.
El viernes 19 de mayo de 1944, llegaron 7
enanos al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Varios testimonios
recuerdan que ese día el médico Josef Mengele, el Ángel de la Muerte, disfrutó
como nadie la noticia y se apuró a ver la nueva adquisición. “Ahora tengo
trabajo para 20 años”, dijo emocionado.
Aquellos ‘fenómenos’, como los llamaba el
científico alemán, hacían parte de la familia judía Ovitz, nacida en
Transilvania, cuyo patriarca era Shimshon Eizik Ovitz, un hombre de apenas 90
centímetros de estatura y gran talento artístico. Su tamaño nunca fue obstáculo
para conquistar mujeres más grandes, como Brana Fruchter y Batia Husz con
quienes tuvo 10 hijos, 7 de los cuales heredaron su pequeñez: Rozika y
Franziska (de Brana, que murió joven), Avram, Frieda, Micki, Elizabeth y Perla.
Solo Sarah, Leah y Arie tuvieron una talla normal. Toda esa prole nació entre
1886 y 1921.
Cuando él murió, en 1923, sus hijos no
tuvieron otra opción que armar La Lilliput Troupe, una compañía que bailaba y
cantaba con especial gracia. Bajo este sello viajaron con su espectáculo por
Europa central en plena Segunda Guerra Mundial, pero cuando estaban en Hungría,
en 1944, las tropas alemanas invadieron ese país y los capturaron. Y los
enviaron al campo de Auschwitz.
Allí, en el mayor complejo de aniquilación de
los nazis, donde murió un millón de personas (se calcula que de cada diez
prisioneros uno se salvó de las cámaras de gas), los Ovitz sirvieron para los
experimentos del doctor Mengele, que buscaba mejorar la raza humana por medio
de diferentes pruebas genéticas. Si los gemelos en general despertaban su
curiosidad, mucho más una familia completa de enanos, a los que les perdonaron
la vida para hacer sus macabros ensayos. No en vano Perla, la menor de la
parentela, diría tiempo después: “A mí me salvó el diablo y que Dios se haga
cargo de él”.
El libro En nuestros corazones éramos
gigantes, La imposible historia real de siete enanos que sobrevivieron a los
campos de concentración, narra el origen de esta familia, sus dolores, sus
miedos, su dignidad y hasta su ocaso. Sus autores, Yehuda Koren y Eilat Negev,
contaron a SEMANA que cuando leyeron, en un pie de foto de un libro de
historia, que en 1949 una compañía artística de enanos se presentaba en Israel
con el nombre Los Enanos de Auschwitz “la extraña combinación de
entretenimiento y muerte nos intrigó. Buscamos en los periódicos de la época y
descubrimos que se apellidaban Ovitz y que habían vivido en Haifa. Recurrimos a
los directorios telefónicos y, después de muchos intentos, nos contestó Perla”.
Solo ella quedaba viva de la familia de
enanos. Y les dijo que cuando estuvo en Auschwitz, prometió contarle al mundo
su historia para que el nombre de su clan jamás quedara en el olvido. El
Ángel de la Muerte y sus hombres habían torturado y diseccionado a varios
gemelos y cuando se trataba de enanos, si tenían suerte, los
fusilaban. Luego de baleados, sus asesinos los hervían hasta que quedaran
solo sus huesos, y los esqueletos iban a un museo de Berlín. Uno de
los Ovitz recuerda haber visto cómo arrojaron a otro enano a un baño de ácido.
Pero los siete hermanos liliputienses, más otros cinco miembros de la familia,
permanecieron en las casetas de prisioneros especiales, donde recibían una
modesta alimentación y no tenían que realizar trabajos forzados.
La tranquilidad tenía un precio. Los Ovitz
sufrieron dolorosos e indignantes tratamientos: les inyectaban a las mujeres
sustancias químicas en el útero, les extirpaban muestras de tejido y les
extraían fluido de la médula espinal. No era suficiente: los doctores al
servicio de Mengele les vertían primero agua hirviendo y luego helada en sus
oídos (lo que les hacía perder la cordura) y también les echaban unas gotas en
los ojos que los cegaban. Y, con toda la sevicia, les extraían los dientes
sanos, les arrancaban el pelo y las pestañas, todo para ver si había alguna
diferencia entre los pequeños y la gente alta.
Perla narró a los autores del libro que
Mengele hacía comparaciones inagotables: “Sacaba la sangre de nuestras hermanas
mayores enanas, quienes habían nacido de otra madre, y la comparaba con la
nuestra para comprobar si de verdad proveníamos del mismo padre. Comparaba
nuestra sangre con la de nuestras hermanas altas para ver de qué manera era
diferente; no podía dejar de preguntarse cómo esa cantidad tan elevada de
enanos podía haber salido de dos madres altas y un mismo padre enano”.
Raphael Falk, profesor del departamento de
genética de la Universidad Hebrea, dice en esta investigación que revisó los
exámenes médicos existentes que les practicaron y, según él, Mengele no tenía
idea de qué estaba buscando. Por eso los repetidos test y la gran cantidad de
sangre que les sacó.
Además de la declaración de Perla, Koren y
Negev buscaron testimonios en su pueblo, personas que los hubieran visto antes
de la guerra, que hubieran estado con ellos en Auschwitz y también a aquellos
que los conocieron en su nueva vida en Israel. Cruzaron información, la
analizaron y armaron todo el rompecabezas. Su propósito era basarse no
solo en el testimonio de Perla, pues el tiempo y la memoria podían distorsionar
las cosas.
Los sorprendió que la menor de los Ovitz les
dijera que Mengele era tan guapo como una estrella de cine. “No es algo que
esperas que una víctima diga de su victimario”, afirman. Una vez la acompañaron
a una charla que les iba a dictar a unos niños de colegio, un día de
conmemoración del Holocausto, y les dijo: “El doctor Mengele era mi jefe en
Auschwitz”. De su bolso sacó una foto de él y se las pasó para que la vieran.
Quería que Mengele cayera prisionero para ir a juicio, pero no que lo
ejecutaran porque “a mí me salvó la gracia del demonio”. Su falta de deseo de
venganza era un gran acto de nobleza, pensaron entonces los escritores.
Cuando los soviéticos liberaron el campo de
concentración el 27 de enero de 1945, la familia empezaba a sentir que el
científico se cansaría pronto de ellos, y que los iba a separar después de ocho
meses de experimentos sin ton ni son. Diez días atrás, Mengele había abandonado
Auschwitz con dos maletas llenas de documentos con sus investigaciones.
Los Ovitz volvieron al espectáculo, cantar,
bailar y recorrer buena parte de Europa, con altas y bajas en sus negocios,
porque, como dicen Koren y Negev, por casi 15 años –desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial hasta comienzos de los años sesenta– los sobrevivientes del
Holocausto en su mayoría callaron y no contaron su historia. Se enfocaron en
reconstruir sus vidas, concentraron su energía en crear una nueva familia, en
tener trabajo, y todo eso no en su lenguaje o lugar de origen, sino en otros
países (Israel y Estados Unidos, por ejemplo). El pasado era demasiado doloroso
para hablar de él.
Entre tanto, Mengele llegó a Buenos Aires a
finales de agosto de 1949 y, ante el acoso de las autoridades, viajó a Paraguay
en 1959. Se supo que poco después llegó a Brasil donde, según su hijo Rolf,
murió el 7 de febrero de 1979. Sufrió un infarto mientras nadaba y se ahogó.
Los autores del libro siguieron frecuentando a
Perla, quien vivía sola, pues los demás hermanos y hermanas habían muerto.
Describen que hacia el final de sus días parecía una actriz del viejo
Hollywood, siempre bien arreglada, con colorete rojo brillante y su pelo teñido
de negro. Koren y Negev recuerdan que “cuando íbamos a verla ‘se encendía’,
como si estuviera de nuevo ante su público. En ocasiones nos cantaba. Durante
los siete años que tuvimos contacto, hasta su muerte en 2001, nos dio una
lección con su actitud corajuda: sentíamos que no teníamos derecho a quejarnos
de nada en la vida”.